miércoles, 13 de septiembre de 2017

Anécdotas y algunas reflexiones del caso Enmanuel y Kaína, perdidos en el Ávila (3ra y 4ta parte)

La periodista Maryorin Méndez, allegada a la familia de Enmanuel David Janzen, nos trae ahora las entrevistas a Enmanuel y Kaina. Si no has leído la primera parte, haz clic acá y para la segunda parte clic aquí.



TERCERA PARTE:

¿Sentiste miedo?: - “Nunca”
Cuando le pedí a Emmanuel que me relatara cómo vivió seis días perdido en el Ávila lo primero que se me ocurrió preguntarle fue si sintió miedo.
Soy mujer y madre y me dejé llevar por lo que estoy segura hubiera sentido yo. Su respuesta me dejó patitiesa. De toda la conversación que tuvimos esa tarde, en la que me reí y en ocasiones tragué grueso para no llorar, fue lo que me respondió con más seguridad y mirándome a los ojos. “Yo sabía que no podía sentir miedo”.
Antes de escribir este relato había decidido subir al Pico Oriental con la gente experta de Acamparávila. Caminamos empinados durante 4 horas y media, entre charlas de conservación, clorofila, fauna y flora. Surgieron comentarios sobre lo complejo que es el Waraira Repano y uno que otra saltaba a comentar la noticia de que unos muchachos se habían perdido hacía una semana. Nunca abrí la boca.
Aquella experiencia me hizo ver las cosas de una manera distinta. Pasé por el camino donde Kaina y Emnanuel se desorientaron. Descubrí que nunca llegaron a donde dijeron haberse perdido, sino un poco antes. No conocieron La Silla sino el Banquito. Su tope máximo fue No Te Apures y de bajada tomaron el camino equivocado. Esa ruta no se parece a la de Sabas Nieves, son claros de tierra tan angostos que las personas solo pueden caminar una detrás de la otra.
El paisaje también es distinto. Pocas veces puedes ver la ciudad y los árboles son altos para poder alcanzar la luz del sol. No hay planos, se trata de subir o bajar. Y el sol se cuela en forma de rayos, es un espectáculo que cautiva.
A Enmanuel y Kaína los arropó el aguacero. El primero llama a su abuelo quien le responde con muchísima serenidad “Ya te voy a ayudar”, estas palabras fueron claves en los días por venir. Ya conté que nunca escuchó cuando el guardaparques le dijo: “quédate donde estas”.
Enmanuel me insiste: -“Obvio, porque si lo hubiera escuchado le hubiera hecho caso, yo sigo indicaciones”.
Decidieron bajar pensando en que solo pasarían dos cosas: o llegaban o se encontrarían con las personas que los estaban buscando.
Dos niños debieron tomar la responsabilidad de sus propias vidas sin más que el uno y el otro, un bosque espeso y un morral lleno de cosas inútiles.
Enma cuenta que desde el día Uno tuvo en la cabeza la canción ‘Tu No Vive Así’, de Arcangel x Bad Bunny. Yo me reí porque, obvio, no sabía cuál era y la puse en el teléfono. Sentí que lo avergonzaba, hasta que arrancó la letra. La comenzó a tararear al caletre y le afloraron las anécdotas que escribo en este texto.
No es fácil para un adolescente como él abrirse a plenitud para contar lo que vivió. No le gusta hablar del caso, ni le interesa el centimetraje. Simple.
Caminaron hacia el oeste durante seis días seguidos. En promedio se movieron cien metros diarios. Cien metros de montaña es muchísimo.
Los días se resumen en el afán de bajar como sea. No exagero, hacer esto y salir ilesos fue más que un milagro. Requirió de técnica, creatividad y mucho instinto.
Enmanuel tomó el control de la situación y decidió ir adelante. “Si yo bajaba bien, bajaba Kaína”.
Escuchando todo lo que hizo me convenció de que no tiene ni idea de su grandilocuencia e inteligencia. O tal vez sí, ojalá.
Por instinto bajaban sosteniéndose de las raíces de los árboles. Enma metía un pie en un hueco a ver si tocaba fondo e iba indicando una ruta. En los acantilados lanzaba una piedra y si la escuchaba varias veces en cortos rebotes continuaban, sino, se desviaban. De vez en cuando insiste en que "estudiaba el entorno".
Un día cayó en un pantano que lo cubrió hasta la cintura. Esto lo cuenta con emoción hasta que empieza a relatar lo que pensaba para poder salir. “Hice algo muy estúpido, poco a poco me fui moviendo como si estuviera escalando hacia arriba hasta que logré engancharme de salgo y salí. Fue difícil”.
Sus errores iban siendo una etapa superada para su compañera.
Aunque no todo el tiempo fue así. Cuando se encontraron con una piedra que parecía un tobogán, la analizaron y él decidió lanzarse primero, hizo un culicross que le raspó las nalgas. Le gritó a Kaína que estaba bien y ella hizo lo mismo pero cayó de boca y esto le produjo un golpe que la hizo sangrar hasta el día que los encontraron.
Sintió un frío en la parte baja. Era sangre y mucha. La tapó de inmediato para que Kaína no la viera. Ella lloraba por las noches y Enmanuel no quería más drama del que ya tenían. Esto lo cuenta con obstinación. Todos los sentimientos que afloraron fueron para su propia protección.
Acordaron dormir para ignorar los ruidos de la montaña. Enmanuel sentía que alguien o algo lo observaba. Aquello respiraba tan fuerte que lo escuchaba en la nuca. Al contármelo intenta hacer el ruido exacto de los pasos golpeando la mesa con los dedos.
Le dije algo que descubrí en estos días; en el Ávila hay perros salvajes. Cuando se lo conté es como si le hubiera encontrado sentido a aquella situación.
Varias noches vio una luz y aunque se esfuerza en explicar lo que veía no encuentra darle forma. Su experiencia es sólo suya y lo que vio y sintió es inexplicable por mucho que ustedes y yo hagamos conjeturas.
Los primeros días dormían abrazados para darse calor. Pero como toda convivencia las cosas fueron cambiando.
Enmanuel seguía haciendo chistes que a Kaína no le causaban gracia. Ella lloraba. En una oportunidad ella le pidió ayuda y él se negó. “Si yo la ayudaba podía ser peor”. Kaína se molestaba y ya no hacía caso a los consejos de Enmanuel.
Le decía que si se lavaba la carita los podrían ver. Muchas veces notó cómo le sangraba la nariz y no le decía para no aumentar la angustia.
En dos oportunidades vieron el helicóptero de la Guardia Nacional y se desesperaban. Movían los árboles, gritaban, trataban de enseñar las manos y le lanzaban piedras. Nos reímos de la escena. Me hizo recordar el clásico “Querida, Encogí a los Niños”.
Cuando aquel estruendo se alejaba, no se decepcionaban, los llenaba de esperanza.
_“Yo dije siempre; el abuelo está ayudando”.
Y volvían a esperar.
Cada vez Kaína dormía más. Un día comentó que unos amigos irían por ella, otro día que una señora les llevaría con comida. Él se burlaba y ella se molestaba más. Poco a poco dejaron de hablar. La peor parte del día era cuando llegaba la neblina. Eran las horas más frías y en las que no divisaban el horizonte.
Cuando salía el sol se ponían a adivinar las horas, aprovechaban el calor, secaban la ropa y se ponían a caminar.
En el riachuelo vieron cangrejos pero no les pasó por la mente comérselos.
-“Yo les respetaba su hábitat. Más bien me sentía mal por orinar cerca del río y me alejaba. Luego me di cuenta que ese olor espantaba a los mosquitos”.
Comenta que un día sintió que algo le caminaba en el cuello y al darle con la mano abierta se dio cuenta que había extirpado un moscón. -“Asco”.
Una noche, Kaína estaba rendida. Eran las 8 y 30 y se despertó con los gritos de Enmanuel.
“¡Aquí!, ¡aquí!, ¡aquí!”.
Enmanuel escuchaba que alguien gritaba su nombre. Podía ver una linterna con movimientos desordenados y escuchó un pito ensordecedor.
Cuando esas personas logran bajar lo primero que hace Enmanuel es leer la insignia de la camisa: Rescate Humboldt.
Con el instinto de supervivencia afinado les preguntó cuánto querían por el rescate. Los tres hombres se lo tomaron a chiste pero Enmanuel insistió. “Págame con una sonrisa pues, o bueno, dos”.
En unos minutos los dos superadolescentes que desafiaron al Ávila comenzaron a sentir la realidad. Dolor de huesos, coyunturas, nalgas golpeadas, hambre… todo afloró.
A Enmanuel por primera vez le costaba cerrar las manos con la que debía sujetar una galleta. Su primer bocado en días.
También miró sus pies. Estaban tan hinchados que le apretaban los zapatos. Kaína siempre se negó a quitárselos pero él lo hacía de vez en vez. Sentía que cuando los tenía expuestos le daba calorcito.
Los arroparon en papel aluminio y les tomaron la foto, la fe de vida.
La travesía para sacarlos de aquel embudo fue una proeza. Mediciones, cálculo de peso, dar patadas a los árboles para ver su robustez, conversaciones a través de radios, contar los metros de cuerda, hacer preguntas, medir la estatura... Aquello se volvió una sala situacional de extracción. “Tuvieron suerte” les decían.
-“Los están buscando 300 personas, ¿saben?” Y Enmanuel comenzó a tener conciencia de la otra parte de la historia.
No estaban todos los implementos necesarios, especialmente las cuerdas, para sacarlos la misma noche del jueves 24 de agosto. Debían dormir en el lugar y esperar el resfuerzo. Enmanuel insistía en que estaba perfecto, que podía comer y caminar.
Un bombero le dijo a Enma: “Eres el hombre más fuerte del mundo, fíjate, estuviste seis días sin comida y con una mujer”. Arrancaron las risas.
Al amanecer estaba el plan listo. Llegaron los bomberos. Salieron de la trampa a rapel, cada uno como en un saco de canguro aferrado a su rescatista.
Tocaron el suelo y comenzaron a bajar caminando. “Me siento mal”, insistía Enmanuel y le gritaban: “Vamos muchacho que tú puedes” y en efecto así lo hizo hasta Sabas Nieves.
Un contingente de rescatistas y Guardias los recibieron con aplausos y el adolescente de 1.8 metros volvió a ser niño. Rompió a llorar. Se preocupó de que le tomaran fotos y afanoso se secaba las lágrimas. No pudo más. Tambaleó y lo acostaron en una camilla. Media hora más tarde los alcanzó Kaína en la misma condición: -“Hola, estas bien?”, ella no respondió.
Los rescatistas les contaron que abajo estaban sus madres, amigos y mucha, mucha prensa. Esto lo cuenta Enmanuel con una risa infantil que me llena de ternura.
A Kaína sólo le preocupa una cosa: La reacción de su madre. Tanto le insistió a Enmanuel, que Enmanuel también se esperaba una tunda.
-“Yo le decía que a mí no me pegan pero casi me lo hace creer”.
La llegada a la pata del Ávila y el reencuentro con los padres es historia.
Por estos días han sido invitados a varios eventos de rescate. Les piden fotos, consejos y les hacen preguntas que no saben responder.
Una, consumida en la tristeza, y el otro encontrándole sentido a la reacción de la gente cuando lo ve.
(en el fondo se escucha: Otro que se cae por la fuerza de gravedad ...
Otro más por si sobrevive de casualidad ...)


CUARTA PARTE:

El sueño de KaínaLa arepa que dejó con dos mordiscos sobre la mesa estuvo en su mente todo el día. “Y pensar que no comí”, le repetía a Enmanuel cuando se dieron por perdidos. Eso y el heladito en Sabas Nieves era lo único que tendría en el estómago en seis días.
 “Yo pensaba que cuando llegara a la casa me la iba a comer”- Su mamá la interrumpe para recalcar la rabia que le dio cuando levantó la tapa y vio el desayuno “completico”. En ese momento pensó en el rollo que le iba a armar cuando llegara. 
Salió afanosa a encontrarse con Enmanuel en Bellas Artes. ¡Qué emoción!. Nunca había subido el Ávila y no le dijo ni a sus amigas. A Carmen le contó que iría a Parque del Este con ellas. Si decía que se vería con un chico era el acabose. 
Calcularon la hora de subir y de bajar. Nadie más que los dos sabrían de la escapada.  
Cuando bajaban afanosos por la hora, ese celular no paraba de sonar. ¡Ni de vaina!; era mamá, pensó.
“¿Seguro que por aquí bajamos?, al escuchar la respuesta de Enmanuel casi se le sale el corazón. Ahora si atendió pero, ya sin pila, no alcanzó a decir nada.  
En su ingenuidad, Kaína pensó durante seis días que sólo buscaban a Enmanuel porque habló con el abuelo. Se reprochó todos los días. Una lección muy dura de aprender. 
Esta chica no es la convencional adolescente de los actuales tiempos. En ella no hay vivezas, mandibuleos, ni exhibiciones. Un par de hoyuelos le marcan el rostro y cuando sonríe –lo hace poco- provoca apretarle las mejillas. Si por díscolo nombran a una trocha “Enmanuel”, una flor del Ávila debería llevar el nombre de ella. 
Hago un esfuerzo por escuchar su voz y encontrarle la mirada.
Vino a mí al leer las crónicas anteriores y quiere contar su historia. Tal y como me lo imaginé lo único distinto es el enfoque. Suficiente para considerarlo fascinante. Ella es mujer; sensible y detallista, de olores y sensaciones que solo nuestro hemisferio permite registrar.  
Para mí también ella es una heroína sólo por tenerla enfrente después de semejante episodio. 
Encontramos la mejor empatía al hablar del aseo allá en la montaña, de la preocupación de verse fea y sucia, de preocuparse siempre por él… “Cuando Enmanuel se caía yo me asustaba, si él se moría yo me moría con él”, fue algo que repitió varias veces mirando la taza del café con leche.  
Se lesionó en el primer precipicio. Cayó sobre sus dos pies, en seco, y aún le duele la pierna derecha. Le preocupa quedar coja y le insisto en que no será así.
Me reí cuando me confesó que vio miedo en Enmanuel. Ella le enseñó a rezar, un Padre Nuestro y un Ave María eran un ritual antes de dormir. Un día, él tuvo en un ataque de frío y ella le frotó las piernas hasta mejorarlo. 
Nunca escuchó “eso” que escuchaba Enmanuel, pero ambos vieron esa luz que no se parecía a nada conocido hasta ahora. 
Las noches sirvieron para confesarse mutuamente, aunque las últimas su cuerpo solo le pedía dormir.
Narra con emoción cómo veían Caracas desde arriba. “Es hermosa, es demasiado hermosa la vista”, pero a su alrededor no veía nada. Esto le aterraba. 
En el descenso diario para encontrar la salida, le propuso a Enmanuel cantar canciones. Ponerse de acuerdo fue bastante difícil. Obvio, ella sólo pensaba en Luis Fonsi cantando “Yo no me doy por vencido” y él en algo más banal (Leer la 3). 
Kaína casi no lloró y me aclara que no alucinó, sino que al dormir, sus sueños eran tan pero tan reales que se despertaba desorientada diciendo a Emnauel que sus amigos habían llegado o que una mujer les trajo comida. Tardaba minutos en darse cuenta de la realidad.  
Soñaba también en que al ver a su mamá le pediría perdón y se comería la arepa. 
Cuando los encontraron, le dieron el mejor caramelo que jamás alguien se haya comido, pero ya no sentía hambre. Le regaló la galleta a Enmanuel. “Lo único que yo quería era dormir”, insiste. Fue eso lo que la imposibilitó a bajar caminando. No encuentra la palabra; era debilidad. Su cuerpo sólo quería guardar reservas. 
La noche del hallazgo durmió al lado de un rescatista y en la mañana se sintió abrumada con todos los que llegaron y ni una chica. 
Bajaron a rapel, pero caminar sí que era imposible. Al ver que acomodaban una camilla vio la gloria. Le permitieron dormir media antes de continuar el descenso. El sol del mediodía le quemaba la cara. Le dieron unos lentes y gorra. Se le ilumina la cara; “fueron todos tan amables… me preguntaban en la bajada si estaba bien.” 
Nuestra charla pasó muy rápido y se hizo de noche pero antes de levantarnos me dijo: “¿Él ha preguntado por mí?.

Gracias por leer estos relatos. Te recomiendo que leas mis "Recomendaciones para Excursionistas" acá.

TOMADO DE FACEBOOK: 1 y 2.

1 comentario:

  1. Que bueno que compartieron esto, este caso genero, mucha angustia y empatia en mucha gente.

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